Durante treinta y un años, millones de hogares chilenos escucharon su voz a la hora de la cena. Cecilia Montenegro Rojas (64) fue la conductora del noticiero central de la televisión abierta, un rostro que acompañó terremotos, elecciones y finales de campeonato. Hace dos años y medio se despidió de cámara con una sonrisa serena. Lo que casi nadie vio fue lo que vino después.
Los primeros meses fueron de silencio: el teléfono dejó de sonar, la agenda quedó en blanco y, una tarde de marzo, un ataque de pánico la sorprendió en el pasillo de un supermercado. Hoy vive en una casa de colores en el Cerro Alegre, en Valparaíso, coordina un taller de lectura en voz alta en una biblioteca y en el club de adulto mayor de su comuna, y cultiva un huerto de hierbas y tomates en su terraza.
La recibimos una mañana de invierno, con la tetera sobre la mesa y olor a pan amasado en la cocina. Conversamos casi tres horas. Esto es lo que nos contó sobre la jubilación, el cambio de identidad y la ansiedad, con la franqueza de quien ya no tiene nada que demostrar.
Cecilia, ¿cómo recuerda el día en que supo que se retiraba?
Lo recuerdo con una mezcla muy rara de orgullo y vértigo. Yo misma había pedido la fecha, nadie me empujó, y aun así, cuando el director me dijo «el último noticiero es el 28», sentí que se me abría un hoyo en el estómago. Pensé: «¿Y ahora qué voy a hacer a las siete de la tarde?». Llevaba treinta y un años organizando mi vida alrededor de esa hora.
La despedida fue linda, con flores, con colegas emocionados, con mensajes de gente que ni conocía. Llegué a la casa, me saqué los zapatos y me quedé mirando la pared. Ahí entendí que nadie te prepara para el día después de la fiesta.
Cuando terminó la rutina, ¿qué fue lo primero que sintió?
Alivio, durante unas tres semanas. Dormí, leí, tomé once con calma, vi películas de tarde. Después llegó una inquietud sorda. Me despertaba a las cinco de la mañana, la hora a la que antes partía al canal, con el corazón apretado y la cabeza llena de listas de pendientes que ya no existían. Mi cuerpo seguía funcionando con el horario del trabajo mientras mi vida había cambiado de turno.
Le puse nombre mucho después: era ansiedad. En mi generación nos enseñaron que uno aguanta, que uno no se queja, y yo además venía de una profesión donde mostrar debilidad era casi un pecado. Entonces me callé, y callarse es el mejor abono para el miedo.
Usted ha hablado de un ataque de pánico. ¿Qué ocurrió esa tarde?
Fue en marzo, un martes cualquiera. Estaba en el supermercado, en el pasillo de los cereales, y de pronto se me cerró el pecho, me temblaban las manos, sentía que me iba a desmayar. Una señora que me reconoció me tomó del brazo y me dijo: «Venga, siéntese, respire conmigo». Yo, que durante tres décadas le expliqué al país qué estaba pasando, no era capaz de explicarme qué me pasaba a mí.
Esa noche llamé a mi hija y le dije la verdad por primera vez: «Hija, me estoy ahogando». Al otro día pedí hora con una psicóloga. Fue la mejor decisión de mi retiro. Aprendí a respirar, a identificar los pensamientos que disparaban el miedo y, sobre todo, a no pelear contra la ansiedad, sino a escucharla. Cuando uno deja de luchar contra ella, pierde mucha de su fuerza.

¿Qué significó dejar de ser «la voz del noticiero»?
Fue como perder un apellido. Durante años me presentaban como «Cecilia Montenegro, la del noticiero», y yo había terminado por confundir eso con ser yo. Cuando dejé el cargo, en el almacén del barrio ya nadie me pedía opinión sobre la contingencia, y confieso que al principio eso me dolió.
Tuve que hacerme preguntas incómodas: ¿qué me gusta cuando nadie me está mirando?, ¿quién soy sin micrófono? Mi psicóloga me pidió que escribiera diez cosas que me definieran sin mencionar mi trabajo. Me demoré una semana en llegar a seis: hija, hermana, amiga, lectora, cocinera de porotos, caminadora. Ahí empezó mi reconstrucción, sumando identidades chiquititas que siempre habían estado, pero que yo había dejado en pausa.
«Yo no era mi cargo. Eso, que suena tan obvio, me tomó casi un año entenderlo.»
En Chile, la jubilación trae además una preocupación muy concreta: la pensión. ¿Cómo vivió esa inquietud?
Con miedo, no voy a mentir. Uno trabaja toda la vida y el sistema de AFP es un tema que genera mucha incertidumbre en todos, incluso en quienes tuvimos una carrera estable. Pasé noches revisando cartolas, calculando, comparando, y eso me alimentaba la angustia en vez de calmarla.
Lo que me ayudó fue ordenar el asunto: me reuní con una asesora previsional, entendí mis alternativas y escribí un presupuesto simple para mi nueva etapa. No eliminó la preocupación, pero la convirtió en un problema con forma, y un problema con forma se puede manejar. Lo que más alimenta a la ansiedad es lo que uno no se atreve a mirar.
¿Qué hizo concretamente para salir adelante? ¿Qué le funcionó?
Cuatro cosas, y ninguna es mágica. Primero, una rutina con sentido: me levanto a las siete, camino por el cerro, desayuno sin celular y dejo las mañanas para lo que de verdad me importa. Segundo, la terapia, que sigo hasta hoy. Tercero, el club de adulto mayor de mi comuna, adonde fui con vergüenza, convencida de que «eso era para gente mayor», y me encontré con mujeres y hombres divertidísimos, curiosos, con ganas de aprender. Y cuarto, el voluntariado: hoy leo en voz alta en la biblioteca, con niños y con adultos, y descubrí que mi voz servía para algo más que dar noticias.
También aprendí a decir que no a las invitaciones por compromiso y a decir que sí a una tarde de nada, sin culpa. Descansar también es una forma de estar activa.

¿Cómo cambiaron sus relaciones, tanto con la familia como con las amistades?
Se volvieron más verdaderas. Antes, mis amigas y yo nos veíamos de apuro, entre un compromiso y otro. Ahora almorzamos largo, nos reímos, nos contamos las penas. Con mi hija tengo una relación más cercana, porque dejé de ser la mamá que siempre andaba corriendo. Y con mi hermana, con quien llevábamos años distanciadas, volvimos a tomar once los domingos.
Eso sí: la soledad existe. Hay tardes de domingo en que el silencio pesa. En esos momentos llamo a alguien, salgo a caminar o me paso por la biblioteca. Pedir compañía no es una debilidad, es inteligencia emocional.
«Pedir compañía no es una debilidad. Es inteligencia emocional.»
Si pudiera hablarle a alguien que va a jubilar pronto y siente miedo, ¿qué le diría?
Que el miedo es normal y que no significa que algo esté mal con usted. Significa que algo importante está cambiando. Que no espere a estar jubilado para empezar a preguntarse qué quiere hacer: pruebe cosas desde ahora, un taller, un voluntariado, una caminata con alguien. Que pida ayuda profesional si la angustia se instala. Y que se trate con la misma amabilidad con que trataría a una amiga querida.
A mí me tomó un tiempo entender que jubilar no es retirarse de la vida; es retirarse de una obligación para volver a elegir. Hoy me gusta más mi vida que antes, y eso es algo que jamás pensé que diría.

